Soy de Guaynabo, pero
no de la nueva elite llamada las “Guaynabitas” o las “Guaynabitchis”. Soy
Guaynabeña, de las que estudió en la Román Baldorioty de Castro, la Martínez
Nadal y la Margarita Janer. Soy de las que se llegó a bañar en el río detrás
del Colegio San Pedro Mártir. Pertenezco a las que caminábamos de arriba abajo
el pueblo porque en esos tiempos no había mucho por hacer. Soy de las que
esperaba con ansias locas las fiestas patronales, el Carnaval Mabó. Recuerdo
que también llegué a recoger latas de “Sprite” porque nos daban un descuento en
las entradas de los juegos de baloncesto en el “Mets Pavilion”.
La casa de mi abuela
quedaba en una barriada, se puede decir un pequeño recoveco a lado del pueblo.
Ese callejón sin salida en donde me crié siempre estuvo lleno de historias de
duendes, muertos, demonios que acechaban en la noche y enanos que molestaban a
los hombres que llegaban borrachos. En casa de mi abuela no se podía dormir con
la ventana abierta en luna llena, porque la luna ponía jinchos a los nenes
chiquitos. Tampoco podíamos abrir sombrillas dentro de la casa, porque a las
solteras nos podían llevar. En Semana Santa no podíamos bailar porque se nos
secaban las patas.
Recuerdo que mi abuela tenía una comadre (a decir verdad, en la barriada todas eran comadres y se llamaban las unas a las otras así) que era bruja. Vivía en un sótano con olor a anamú mezclado con cigarrillos y algo de mentol. La bruja nunca me gustó, siendo yo una niña nunca aspiré su olor. Si ella me pasaba por el lado yo aguantaba la respiración hasta que nada de ella pudiera entrar dentro de mí. En casa de la bruja, a la que entré par de veces, en parte por presentá y en parte por obligación ya que creo que era madrina de confirmación de mi mamá, se podía encontrar toda clase de artículos raros. Parecía una botánica ambulante, tenía un indio tuerto que se supone que tuviera los ojos de cristal, pero a decir verdad tenía dos pelotas empañadas y sucias que lo hacían más lúgubre de lo que era. También había matas a las que se le echaban “chavitos prietos” y que para la suerte. Vasijas con agua, velas en el centro y letras alrededor, esa señora sí que era una bruja real.
Cuando mi pobre
abuelo enfermó de cama, había veces que le daban convulsiones, mi tío decía que
era la bruja que había comenzado a clavarle los alfileres al muñeco vudú que tenía
especialmente para mi abuelo.
Partiendo de la
premisa anterior quiero relatar lo que para mí nunca tuvo una explicación
lógica. Y mira que después de grande pude entender que la Casa de los Espíritus
y Macondo se quedan cortitas al lado de todas las historias de la Barriada Cano
de Guaynabo.
Pasó alrededor de tres veces en mi vida y
siempre me causaba la misma reacción, un terror brutal. Le decían mierda de
bruja, era una plasta gigantesca de color amarillento que aparecía en el patio
de mi abuela. Era tan grande que solo un animal de gran tamaño la podía hacer.
Mi abuela siempre nos decía que había una bruja enamorá de mi abuelo y se le
cagaba en el patio.
Los otros días me
puse a buscar en internet y curiosamente encontré par de historias que hablaban
de la mierda de bruja. Me fascinó que ninguna estuviera lejos de la que nos
decía mi abuela. Que una bruja andaba enamorá del dueño de la casa y para que
no se lo llevara había que tender los pantaloncillos del tipo en el patio.
Nunca vi los pantaloncillos de mi abuelo en el patio luego de que una bruja se empeñara en cagarle en patio a mi abuela.
Seguramente, a mi abuela poco le importaba si le llevaban a mi abuelo o no. Lo
que si me queda de esta historia es que las brujas existen y todavía cagan el
patio cuando se quieren llevar un hombre en Guaynabo City.

