martes, 9 de junio de 2015

Mierda de Bruja


Soy de Guaynabo, pero no de la nueva elite llamada las “Guaynabitas” o las “Guaynabitchis”. Soy Guaynabeña, de las que estudió en la Román Baldorioty de Castro, la Martínez Nadal y la Margarita Janer. Soy de las que se llegó a bañar en el río detrás del Colegio San Pedro Mártir. Pertenezco a las que caminábamos de arriba abajo el pueblo porque en esos tiempos no había mucho por hacer. Soy de las que esperaba con ansias locas las fiestas patronales, el Carnaval Mabó. Recuerdo que también llegué a recoger latas de “Sprite” porque nos daban un descuento en las entradas de los juegos de baloncesto en el “Mets Pavilion”.

La casa de mi abuela quedaba en una barriada, se puede decir un pequeño recoveco a lado del pueblo. Ese callejón sin salida en donde me crié siempre estuvo lleno de historias de duendes, muertos, demonios que acechaban en la noche y enanos que molestaban a los hombres que llegaban borrachos. En casa de mi abuela no se podía dormir con la ventana abierta en luna llena, porque la luna ponía jinchos a los nenes chiquitos. Tampoco podíamos abrir sombrillas dentro de la casa, porque a las solteras nos podían llevar. En Semana Santa no podíamos bailar porque se nos secaban las patas.

Recuerdo que mi abuela tenía una comadre (a decir verdad, en la barriada todas eran comadres y se llamaban las unas a las otras así) que era bruja. Vivía en un sótano con olor a anamú mezclado con cigarrillos y algo de mentol. La bruja nunca me gustó, siendo yo una niña nunca aspiré su olor. Si ella me pasaba por el lado yo aguantaba la respiración hasta que nada de ella pudiera entrar dentro de mí. En casa de la bruja, a la que entré par de veces, en parte por presentá y en parte por obligación ya que creo que era madrina de confirmación de mi mamá, se podía encontrar toda clase de artículos raros. Parecía una botánica ambulante, tenía un indio tuerto que se supone que tuviera los ojos de cristal, pero a decir verdad tenía dos pelotas empañadas y sucias que lo hacían más lúgubre de lo que era. También había matas a las que se le echaban “chavitos prietos” y que para la suerte. Vasijas con agua, velas en el centro y letras alrededor, esa señora sí que era una bruja real.
Cuando mi pobre abuelo enfermó de cama, había veces que le daban convulsiones, mi tío decía que era la bruja que había comenzado a clavarle los alfileres al muñeco vudú que tenía especialmente para mi abuelo.

Partiendo de la premisa anterior quiero relatar lo que para mí nunca tuvo una explicación lógica. Y mira que después de grande pude entender que la Casa de los Espíritus y Macondo se quedan cortitas al lado de todas las historias de la Barriada Cano de Guaynabo. 
Pasó alrededor de tres veces en mi vida y siempre me causaba la misma reacción, un terror brutal. Le decían mierda de bruja, era una plasta gigantesca de color amarillento que aparecía en el patio de mi abuela. Era tan grande que solo un animal de gran tamaño la podía hacer. Mi abuela siempre nos decía que había una bruja enamorá de mi abuelo y se le cagaba en el patio.

 Los otros días me puse a buscar en internet y curiosamente encontré par de historias que hablaban de la mierda de bruja. Me fascinó que ninguna estuviera lejos de la que nos decía mi abuela. Que una bruja andaba enamorá del dueño de la casa y para que no se lo llevara había que tender los pantaloncillos del tipo en el patio. Nunca vi los pantaloncillos de mi abuelo en el patio luego de que una bruja se empeñara en cagarle en patio a mi abuela. Seguramente, a mi abuela poco le importaba si le llevaban a mi abuelo o no. Lo que si me queda de esta historia es que las brujas existen y todavía cagan el patio cuando se quieren llevar un hombre en Guaynabo City.


viernes, 22 de mayo de 2015

Depresión Cuando Tu Hija Termina Cuarto Año

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Digamos que mi primer “post” empieza precisamente con una pataleta. Estoy en medio de un proceso que para muchas será muy normal, pero para mí ha sido depresivo, intenso, doloroso, llorón y todos los etcéteras que se le puedan aplicar a la Depresión Cuando Tu Hija Termina Cuarto Año.
He ido documentando el último año de mi hija en el Colegio antes de ir a la Universidad. Desde que tomó el “College Board”, forró sus libretas, fue a la convención de universidades en el Hotel San Juan, escogió la sortija, solicitó para la Universidad. En fin, he documentado todo lo que me ha parecido importante en este proceso. Me fui preparando poco a poco, pelaba todos los días cuando tenía que recogerla frente al Colegio, en plena avenida porque no había estacionamiento. Hice planes con el dinero que me sobraría ya que no tengo que pagar más Colegio en mi vida. En fin… que no pensé y que no hice para prepararme para el momento al que no quería llegar.
Con todo el propósito del mundo me olvidé del tiempo y abrí los ojos a una semana de la graduación. He estado dando para atrás al tiempo, analizándome como madre, pensando si hice las cosas bien o no. Preguntándome que me faltó por hacer, y es que el tiempo se me fue tan rápido que cuando abrí los ojos mi bebé ya no es una bebé. Tengo una “teenager”  que va a comenzar a valerse por ella misma, a la que no tendré que preguntarle si tiene camisas de la escuela limpias. A la que no veré más en un uniforme escolar, ya no tendré que comprar los famosos zapatos escolares, ni las faldas, ni el bulto, ni libretas.
Y cuando vemos y analizamos esto, por lo menos a mí, me entró un pánico terrible. Fue como si perdiera a mi hija, como si dejara de ser mamá, como si mi hija se hubiera ido para no regresar nunca. Lloré por una semana y un poco más, tuve un “emotional tantrum” tan terrible que hasta el gato se asustó y no quiso dormir conmigo. Sentí como si mi vida hubiera perdido el sentido, ¿Si no soy madre? ¿Qué carajos voy a ser?.
No me imaginaba como sería el día de la graduación, pero por si acaso llevé el número de emergencias mentales y emocionales. Ese día me levanté con toda la calma del mundo y cuando se estaba llegando el momento de prepararnos abrí una botella de vino blanco, puse la Lupe a to’ jendel y comencé a preparme. Tengo que admitir que el vino me ayudó, aunque llegué media borracha y en las fotos los ojos se me veían apagao’s. Mi hija fue alto honor, se llevó siete medallas, y un reconocimiento como estudiante destacada en artes. Y yo, sobreviví!
Algo me dijo, esa voz interior a la que yo llamo Dios, que no había motivos para estar triste. Que al contrario, yo tenía mucho que celebrar, que yo tenía que estar féliz. Que a pesar  de haber parido a mi hija a la edad que ella tiene ahora, la llevé por buen camino. Que contra todo pronóstico, siendo una madre tan joven, la supe educar. Y que durante estos dieciocho años me dediqué a enseñar a mi hija con mano firme, con una base sólida, con valores.
  Y cada vez que veía a mi hija desfilar para recoger una medalla, el corazón se me llenada de orgullo. Aplaudía con el corazón y de llorar… bueno se me salieron algunas lagrimitas. Pero la felicidad y el orgullo eran tan fuertes que se interpusieron sobre cualquier otra emoción. Y esa voz interna me repetía una y otra vez… lo hiciste bien!!!!!
Y mi hija?... Bueno siempre seguirá siendo mi hija y yo siempre seré su madre.