Digamos
que mi primer “post” empieza precisamente con una pataleta. Estoy en medio de
un proceso que para muchas será muy normal, pero para mí ha
sido depresivo, intenso, doloroso, llorón y todos los etcéteras que se le
puedan aplicar a la Depresión Cuando Tu Hija Termina Cuarto Año.
He ido documentando el último año de mi hija en el
Colegio antes de ir a la Universidad. Desde que tomó el “College Board”, forró
sus libretas, fue a la convención de universidades en el Hotel San Juan,
escogió la sortija, solicitó para la Universidad. En fin, he documentado todo
lo que me ha parecido importante en este proceso. Me fui preparando poco a
poco, pelaba todos los días cuando tenía que recogerla frente al Colegio, en
plena avenida porque no había estacionamiento. Hice planes con el dinero que me
sobraría ya que no tengo que pagar más Colegio en mi vida. En fin… que no pensé
y que no hice para prepararme para el momento al que no quería llegar.
Con todo el propósito del mundo me olvidé del
tiempo y abrí los ojos a una semana de la graduación. He estado dando para atrás
al tiempo, analizándome como madre, pensando si hice las cosas bien o no. Preguntándome
que me faltó por hacer, y es que el tiempo se me fue tan rápido que cuando abrí
los ojos mi bebé ya no es una bebé. Tengo una “teenager” que va a comenzar a valerse por ella misma, a
la que no tendré que preguntarle si tiene camisas de la escuela limpias. A la
que no veré más en un uniforme escolar, ya no tendré que comprar los famosos
zapatos escolares, ni las faldas, ni el bulto, ni libretas.
Y cuando vemos y analizamos esto, por lo menos a mí,
me entró un pánico terrible. Fue como si perdiera a mi hija, como si dejara de
ser mamá, como si mi hija se hubiera ido para no regresar nunca. Lloré por una
semana y un poco más, tuve un “emotional tantrum” tan terrible que hasta el
gato se asustó y no quiso dormir conmigo. Sentí como si mi vida hubiera perdido
el sentido, ¿Si no soy madre? ¿Qué carajos voy a ser?.
No me imaginaba como sería el día de la graduación,
pero por si acaso llevé el número de emergencias mentales y emocionales. Ese
día me levanté con toda la calma del mundo y cuando se estaba llegando el
momento de prepararnos abrí una botella de vino blanco, puse la Lupe a to’
jendel y comencé a preparme. Tengo que admitir que el vino me ayudó, aunque
llegué media borracha y en las fotos los ojos se me veían apagao’s. Mi hija fue
alto honor, se llevó siete medallas, y un reconocimiento como estudiante
destacada en artes. Y yo, sobreviví!
Algo me dijo, esa voz interior a la que yo llamo
Dios, que no había motivos para estar triste. Que al contrario, yo tenía mucho
que celebrar, que yo tenía que estar féliz. Que a pesar de haber parido a mi hija a la edad que ella
tiene ahora, la llevé por buen camino. Que contra todo pronóstico, siendo una
madre tan joven, la supe educar. Y que durante estos dieciocho años me dediqué
a enseñar a mi hija con mano firme, con una base sólida, con valores.
Y cada vez
que veía a mi hija desfilar para recoger una medalla, el corazón se me llenada
de orgullo. Aplaudía con el corazón y de llorar… bueno se me salieron algunas
lagrimitas. Pero la felicidad y el orgullo eran tan fuertes que se
interpusieron sobre cualquier otra emoción. Y esa voz interna me repetía una y
otra vez… lo hiciste bien!!!!!
Y mi hija?... Bueno siempre seguirá siendo mi hija
y yo siempre seré su madre.
