viernes, 22 de mayo de 2015

Depresión Cuando Tu Hija Termina Cuarto Año

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Digamos que mi primer “post” empieza precisamente con una pataleta. Estoy en medio de un proceso que para muchas será muy normal, pero para mí ha sido depresivo, intenso, doloroso, llorón y todos los etcéteras que se le puedan aplicar a la Depresión Cuando Tu Hija Termina Cuarto Año.
He ido documentando el último año de mi hija en el Colegio antes de ir a la Universidad. Desde que tomó el “College Board”, forró sus libretas, fue a la convención de universidades en el Hotel San Juan, escogió la sortija, solicitó para la Universidad. En fin, he documentado todo lo que me ha parecido importante en este proceso. Me fui preparando poco a poco, pelaba todos los días cuando tenía que recogerla frente al Colegio, en plena avenida porque no había estacionamiento. Hice planes con el dinero que me sobraría ya que no tengo que pagar más Colegio en mi vida. En fin… que no pensé y que no hice para prepararme para el momento al que no quería llegar.
Con todo el propósito del mundo me olvidé del tiempo y abrí los ojos a una semana de la graduación. He estado dando para atrás al tiempo, analizándome como madre, pensando si hice las cosas bien o no. Preguntándome que me faltó por hacer, y es que el tiempo se me fue tan rápido que cuando abrí los ojos mi bebé ya no es una bebé. Tengo una “teenager”  que va a comenzar a valerse por ella misma, a la que no tendré que preguntarle si tiene camisas de la escuela limpias. A la que no veré más en un uniforme escolar, ya no tendré que comprar los famosos zapatos escolares, ni las faldas, ni el bulto, ni libretas.
Y cuando vemos y analizamos esto, por lo menos a mí, me entró un pánico terrible. Fue como si perdiera a mi hija, como si dejara de ser mamá, como si mi hija se hubiera ido para no regresar nunca. Lloré por una semana y un poco más, tuve un “emotional tantrum” tan terrible que hasta el gato se asustó y no quiso dormir conmigo. Sentí como si mi vida hubiera perdido el sentido, ¿Si no soy madre? ¿Qué carajos voy a ser?.
No me imaginaba como sería el día de la graduación, pero por si acaso llevé el número de emergencias mentales y emocionales. Ese día me levanté con toda la calma del mundo y cuando se estaba llegando el momento de prepararnos abrí una botella de vino blanco, puse la Lupe a to’ jendel y comencé a preparme. Tengo que admitir que el vino me ayudó, aunque llegué media borracha y en las fotos los ojos se me veían apagao’s. Mi hija fue alto honor, se llevó siete medallas, y un reconocimiento como estudiante destacada en artes. Y yo, sobreviví!
Algo me dijo, esa voz interior a la que yo llamo Dios, que no había motivos para estar triste. Que al contrario, yo tenía mucho que celebrar, que yo tenía que estar féliz. Que a pesar  de haber parido a mi hija a la edad que ella tiene ahora, la llevé por buen camino. Que contra todo pronóstico, siendo una madre tan joven, la supe educar. Y que durante estos dieciocho años me dediqué a enseñar a mi hija con mano firme, con una base sólida, con valores.
  Y cada vez que veía a mi hija desfilar para recoger una medalla, el corazón se me llenada de orgullo. Aplaudía con el corazón y de llorar… bueno se me salieron algunas lagrimitas. Pero la felicidad y el orgullo eran tan fuertes que se interpusieron sobre cualquier otra emoción. Y esa voz interna me repetía una y otra vez… lo hiciste bien!!!!!
Y mi hija?... Bueno siempre seguirá siendo mi hija y yo siempre seré su madre.